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12 de junio de 2026
OPINIÓN

Homero y los piojos

LA HISTORIA VA ASÍ

Por Daniel Rodríguez Barrón

Pensamos que la muerte de un gran hombre o de una gran mujer se ajusta a su dignidad, a sus logros y a veces incluso a su fama. Uno espera escuchar la últimas (y más tarde célebres) palabras de quien está en su lecho de muerte. Sin embargo, es improbable que esto ocurra.

La muerte no es seria en sus cosas. Es chocarrera: desdeña arte y honores, y nos recuerda fríamente que estamos hechos de barro.

Hesíodo narra en su Certamen la muerte del más grande poeta de la antigüedad: Homero. La historia va así, un tal Ganíctor convocó a unos juegos en honor a su padre, el rey Anfidamante, y asistieron a la competencia diversos atletas y artistas; y hallándose muy cerca del lugar, Homero y Hesíodo se acercaron con el fin de mostrar su valía y hacerse de algún premio.

Durante el certamen, Hesíodo interrogó acuciosamente a Homero con toda clase de preguntas. Por ejemplo, ¿qué es lo mejor para los mortales? A lo que Homero contesta —adelantándose a Cioran, a Beckett, a Schopenhauer— “Primero, no nacer es lo mejor para los que habitan sobre la tierra; pero si no obstante se nació, traspasar cuanto antes las puertas del Hades”. ¿Cuál es el fin natural de la sabiduría humana? “Conocer bien las circunstancias y amoldarse a la situación”.

Una y otra vez, el aedo responde asertivamente. Los principales de Calcis exigen que se le otorgue la corona. Sin embargo, el rey Panedes, les pide que reciten el mejor de sus poemas. Hesíodo hace el elogio de la siega y la labranza. Y Homero, como era de esperarse, canta al heroísmo y la guerra.

Al terminar los cantos, Panedes otorga la corona a Hesíodo porque, asegura, “es justo que venciera el que invitaba a la agricultura y la paz, y no el que describía combates y matanzas”. Homero, derrotado, emprende su último viaje hasta llegar a Ios, la patria de su madre.

Cierto día, mientras estaba sentado a la orilla del mar, vio a unos jovencitos que regresaban de pescar, y les preguntó si habían tenido suerte. A lo que ellos respondieron: “Cuanto cogimos lo dejamos y cuanto no cogimos lo llevamos encima”. Homero, el hombre que había podido responder las preguntas más difíciles del certamen, no entendía lo que habían querido decir los muchachos. Finalmente, les preguntó a qué se referían. Los chicos dijeron que “en la pesca nada habían logrado, pero que se habían despiojado, y los piojos que cogieron los dejaron en el mar, y los que no cogieron los traían en sus mantos.”

Entonces, Homero recordó que muchos años antes, le había preguntado al oráculo de Delfos sobre las condiciones de su muerte. Se le había advertido: “ten cuidado con el enigma de los jovencitos”. Entendió que aquello era el fin, un puñado de piojos lo estaba guiando al Hades, y mientras regresaba a su casa, resbaló y cayó como suele suceder con los ancianos. Murió tres días después.

(*) Daniel Rodríguez Barrón es escritor.

 

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