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4 de junio de 2026
ESTILO DE VIDA

100 años de Miles Davis

Por Aldo Fulcanelli

Con su arte, revolucionó por completo la manera de hacer música. Sus actuaciones en vivo, dieron cuenta de una presencia sofisticada, amante de la improvisación a tope, cada nota una vivencia, un coqueteo, también alguna lágrima furtiva que se escapara por el laberinto de aquella sordina.


Así como Miguel Ángel hizo hablar al Mármol, Velázquez al lienzo, Beethoven al piano, Miles Davis hizo hablar a la trompeta, arrancando notas tan poderosas, que todavía se escuchan desde los cielos metálicos del jazz. Pero Miles Davis no solamente trascendió por sus versiones eclécticas de los grandes standards, también por su personalidad muy cercana a la de un titán, mitad dios mitad mortal.

Miles fue un príncipe de ébano que enardeció al público ya sea en estadios o salas de concierto alrededor del mundo, vestido finamente, como un total gentleman que entregó todo: alma, corazón y vida por la causa del arte. Ningún otro se paró con ese aplomo, mezcla de enojo, displicencia y una brillante genialidad que alcanzó el cenit de la interpretación durante el casi medio siglo que duró su trayectoria.

A Davis yo le llamaría el Picasso del jazz, y no es impropio comparar a la música con la pintura, ambas son tal vez las más universales de las artes. Que la música influyó en la pintura y viceversa, resulta inobjetable, al igual que el artista español, Miles Davis atravesó por diversas etapas, desde un jazz reconocible por melódico, hasta la ruptura de las formas conocidas, en pos de un abtraccionismo tan beligerante como poderoso.

Davis, caminó desde el bebop, el cool, el hardbop, llegando a la plenitud de la vanguardia. Picasso se asentó inicialmente en el naturalismo como punto de partida, pero de ahí a la llamada Etapa Azul, la Etapa Rosa, la Neoclásica, y la más comercial de todas, el Cubismo, que sin embargo, no representa en su totalidad al pintor español.

Tampoco el jazz tradicional (si es que la palabra cabe), representa a Miles Davis, él rompió con todo lo anteriormente conocido, volviendo a la trompeta un instrumento de batalla con la cual abolió al silencio. El trompetista demostró su amor por España en el disco: «Sketches of Spain», que haciendo honor a su nombre, resulta un viaje más que fabuloso por la región ibérica, eso sí, teniendo como anfitrión al jazz que recorre disonancias para sumergirnos en la alteridad que enmarca la música.

Picasso y Davis, actuaron como niños jamás dispuestos a abandonar el juego. Uno y otro, convirtieron el propio devenir en el escaparate que alimentó su vena artística. Pudo ser una tarde de toros, un viaje, o tal vez incluso el recuerdo de un amor furtivo. Ambos nos recuerdan el poder de dos genios imparables que trascendieron su siglo.

A finales de los 70s, el camaleónico Davis apareció en los escenarios enfundado en un metálico saco multicolor, exudando el arte por los cuatro costados. Llevaba hirsuta la melena, como un Beethoven crepuscular. También los lentes negros que ocultaron la severa mirada que desnuda las almas. Su voz se volvió recóndita, ahogada, como si le hubiera otorgado parte del vigor a la trompeta, y esta hubiera terminado por eclipsarla.

En el ámbito más personal, Davis se volvió afecto a la pintura, logrando obras que trascienden por el color y los trazos resueltos. Cada pintura de Miles Davis, pareciera ejemplificar, gráficamente, el universo de armonías revolucionarias que alteraron el orden de la música en el siglo xx.

Miles Davis nos dejó físicamente en 1991, ahora mismo estaria cumpliendo 100 años. Como herencia, nos legó el recuerdo de su imagen en las revistas, la gran pantalla, su huella por París y sus amores con la musa Juliette Greco. También, el rumor de su voz aguardentosa, su afición por la lectura y el box, sus escándalos mayores y menores, su particular elegancia.

En el firmamento del jazz nos dejó: Milestones (1958), Kind of Blue (1959), Miles Ahead (1957), In a Silent Way (1969), Bitches Brew (1970), sólo por citar algunos de sus álbumes que son auténticos viajes armónicos. En su vida, Miles enfrentó la envidia o el recelo de algunos colegas, también una galopante adicción a la heroína, la cocaína y el alcohol.

Pero su mayor desafío, como el de todo genio, fue lidiar con su propia y alocada personalidad delineada por una feroz violencia, una rampante celotipia, amén de otros conflictos a lo largo de sus 65 años de existencia. Nadie como Miles Davis para narrarnos la evolución de la música en casi medio siglo: cada una de sus interpretaciones fue un gigantesco paso para el jazz, y una oportunidad única para dejarse arrebatar por el genio de la trompeta maravillosa: una raya en el agua, un hito revestido por atonalidades: larga vida a Miles Davis!!

 

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