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Guadalajara
24 de junio de 2026
ESTILO DE VIDA

Lucha Reyes, la tapatía doliente

CRÓNICAS DEL AYER Y DEL HOY

Han pasado ya más de setenta años, y la diva no acaba de morirse todavía.

 

Por Aldo Fulcanelli

1944, nadie da crédito de lo que sucede, la cantante mexicana Lucha Reyes (1906) ha fallecido, luego de ingerir 25 pastillas y una botella de tequila. Horas antes, la casa de la Calle Andalucía en la Colonia Álamos de la Ciudad de México, sería testigo del último acto de una agridulce opereta, marcada por la fatalidad: la vida retorcida de una mujer incapaz de contener los sentimientos en el pecho.

Habían pasado ya varios años, desde que aquella jovencita de Guadalajara, diera muestras de gran talento al sumarse a la farándula, marcada su trayectoria por un profundo alcoholismo, que la acecharía hasta su muerte.

Costaría años a la entonces imberbe cancionera descubrir su verdadero estilo, detrás de los intentos fallidos por alcanzar la fama, apareció al fin la voz de matices metálicos; y un falsete que pasó de taladrar al oído, a acariciar el subconsciente sin que exista una explicación racional del acontecimiento.

Mientras el fantasma de Lucha Reyes, canta en el patio de alguna vieja casona de fachada de cantera, de esas que parecen derrumbarse por el peso de su historia, el dolor podría beberse a sorbos en jarrones de barro, mientras la tierra mojada, rememora al occidente mexicano de Cocúla, Tecalitlán, los sones y el mezcal, que se confunden con la hiel que destilan los amores inconclusos.

Con el desparpajo de una genio proveniente del México recóndito, Lucha Reyes, alteró el ambiente de las carpas, centros nocturnos y teatros donde se presentó, ataviada con rebozos y trajes típicos mexicanos, que adornaron el histrionismo de sus interpretaciones épicas, cuando tal vez, entre uno y otro sorbo de tequila, aquella voz se ampliaba entre las paredes de una garganta frágil, por donde el espíritu inabarcable de la “reina de la noche”, brotó como un torrente.

Los gritos y los hurras, no dejaron de escucharse, a partir de que el público decidió que María de la Luz Flores Aceves, había dejado de existir; para dar vida a la gran Lucha Reyes, inmortal desde el primer momento.

Vendrían entonces: “Mujer ladina”, “Traigo un amor”, “Por un amor”, “Yo me muero donde quera”, canciones donde Lucha, se convierte en la cronista musical del México de las carrilleras y la vida campirana, la que se proclama a voz en cuello, al calor de los versos que recuerdan a las coplas en que los cantores se jugaban la hombría, mientras las arpas se tiñeron de papelitos de colores con aroma de 16 de septiembre.

Lucha, proclama la borrachera mientras le canta atemporalmente a Sonora y Guanajuato, también a los episodios amatorios que crecen al amparo de la vida campirana, donde el hombre insiste y la mujer resiste al caer la primavera, pero Lucha, la fantasmal, aulladora, aparecerá cuando se le invoque a través de alguno de aquellos acetatos; donde ha de practicarse el espiritismo sin querer queriendo.

No importa que se escuche a veces el trish trash del viejo tocadiscos acariciando las canciones, será parte de la parafernalia de quienes ejercen la melomanía, como un ritual intimista y casi cabalístico, donde Lucha Reyes, la chamana madrugadora hará cundir la festividad desde el sereno mismo de la noche.

Por un amor,

me desvelo y vivo apasionado

tengo un amor,

que en mi vida dejo para siempre

amargo dolor.

Pobre de mí,

esta vida es mejor que se acabe

no es para mí,

pobre de mí,

pobre de mí,

cuanto sufre mi pecho

que late tan solo por ti.

Mientras el fantasma de Lucha Reyes, canta en el patio de alguna vieja casona de fachada de cantera, de esas que parecen derrumbarse por el peso de su historia, el dolor podría beberse a sorbos en jarrones de barro, mientras la tierra mojada, rememora al occidente mexicano de Cocúla, Tecalitlán, los sones y el mezcal, que se confunden con la hiel que destilan los amores inconclusos.

Tirada sobre lodazales, llora aquella mujer vestida tricolormente, y al lado una botella, muda testigo de la derrota sentimental de la artista que luce devastada, la cara enmascarada de colorete, y  ojeras que palpitan de resaca.

En el recóndito bulevar de los sueños rotos, restituidos a cada canción de taberna, aparece sentada la criolla mujer de la canción ranchera, sorbiendo sin titubear, uno y otro caballito de tequila. Mientras, Gardel y Billie Holiday, conversan animadamente, cada quien en su idioma, y el fonógrafo grandilocuente del siglo XX, tiempo ido y añorado, retorna con el sonido de las bombas y  la polifónica barbarie.

Las canciones que Lucha le cantó al pueblo: “Mujer ladina”, “Traigo un amor”, “Por un amor”, “Yo me muero donde quera”.

Lucha, proclama la borrachera mientras le canta atemporalmente a Sonora y Guanajuato, también a los episodios amatorios que crecen al amparo de la vida campirana, donde el hombre insiste y la mujer resiste al caer la primavera, pero Lucha, la fantasmal, aulladora, aparecerá cuando se le invoque a través de alguno de aquellos acetatos; donde ha de practicarse el espiritismo sin querer queriendo.

En la vieja casa de la Calle Andalucía, una sombra tararea las canciones de Lucha Reyes, la maja de los brazos dispuestos sobre la cintura, ataviada de un peinado floreciente, que la hacía lucir como la patria adolorida, un ruiseñor en agonía.

La ambulancia, se confunde con el sonido de un mariachi casi primitivo, ya no se sabe cuál es cual, tampoco se sabe quién es quién, pues afuera del hospital que atesora el cuerpo ya deshabitado de la cantante bravía por excelencia, la gente se arremolina en espera de la última noticia.

El voceador a voz en cuello, grita que Lucha Reyes ha muerto, las plañideras pintan de negro el día soleado que se va tornando crepuscular, como un aguafuerte de José Clemente Orozco, mientras las campanas, tañen al ritmo de un primigenio mariachi que reduce a veinte compases la idiosincrasia de un pueblo: han pasado ya más de setenta años, y Lucha Reyes; no acaba de morirse todavía.

 

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