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12 de mayo de 2026
OPINIÓN

Trump y la soberanía que sí pesa

RELACIÓN BILATERAL

Por Violeta Moreno Haro

En un artículo reciente de Jorge Castañeda se plantea una idea incómoda: la estrategia del gobierno mexicano de intentar aplacar a Donald Trump parece agotada. La lectura, en esencia, es que México ha cedido en migración, seguridad, deportaciones y control fronterizo, pero esas concesiones no han detenido nuevas exigencias de Estados Unidos. Al contrario: parecen haber confirmado que presionar a México funciona.

Ese es el problema con Trump. No negocia para cerrar un conflicto; negocia para mantenerlo vivo. No busca necesariamente un acuerdo estable, sino una escena permanente de fuerza. Cada concesión puede convertirse en prueba de debilidad y cada gesto de cooperación en punto de partida para la siguiente exigencia.

Ahí está lo insaciable.

México puede enviar tropas a la frontera, aceptar deportados, endurecer controles migratorios, colaborar en seguridad o responder a las preocupaciones sobre fentanilo. Pero el trumpismo no funciona bajo la lógica de “ya cumpliste”. Funciona bajo otra: “si pudiste dar esto, puedes dar más”.

Por eso la relación bilateral está entrando en una zona muy delicada. Ya no hablamos sólo de comercio, migración o seguridad. Hablamos de hasta dónde puede una potencia convertir sus problemas internos en presión externa. Trump necesita enemigos visibles, culpables útiles y victorias rápidas para venderle a su base. México, por frontera, fentanilo, crimen organizado, migración y T-MEC, se vuelve el escenario perfecto para esa política del apetito.

Pero también hay que decir algo incómodo: Trump no opera sobre el vacío. Diversas voces mexicanas, en distintos estados del país, llevan años denunciando abusos, complicidades, corrupción, miedo, violencia e impunidad de sus propios políticos. Esa realidad abre una ventana perfecta para que Trump se presente a sí mismo como “el que sí hace algo” frente a quienes parecen no hacer nada. Y en eso, hasta cierto punto, tiene razón: México no puede exigir respeto absoluto hacia afuera mientras permite niveles brutales de impunidad hacia adentro. Lo que no tiene razón es en usar esa debilidad para imponer una agenda unilateral.

El ejemplo más claro es la frontera. México aceptó reforzarla con miles de elementos de la Guardia Nacional para contener migración y tráfico de drogas ante la amenaza de aranceles. Pero esa concesión no cerró la presión; apenas cambió el tamaño de la exigencia. Después vinieron más amenazas, más señalamientos y más intentos de convertir la seguridad mexicana en extensión de la agenda electoral estadounidense.

Ahí es donde la soberanía deja de ser discurso y se vuelve prueba real.

Porque luchar realmente por la soberanía no es llenar plazas en apoyo a determinados políticos ni repetir consignas patrióticas cada vez que Washington aprieta. Eso puede servir para consumo interno, pero no resuelve el tablero. Defender la soberanía, en serio, es negociar con inteligencia y como iguales. Es exigir reciprocidad. Es poner sobre la mesa el tráfico de armas desde Estados Unidos, el consumo estadounidense de drogas, el lavado de dinero, la corresponsabilidad financiera y la necesidad de reglas claras. Y eso, hoy, no se está haciendo con suficiente fuerza.

El gobierno de Claudia Sheinbaum enfrenta una paradoja difícil. Si responde sólo con nacionalismo, puede escalar una tensión que México no necesita. Pero si responde sólo con obediencia táctica, corre el riesgo de instalar una subordinación permanente. La soberanía no se defiende gritando más fuerte; se defiende teniendo Estado, información, estrategia, aliados, autoridad moral y límites.

Trump no quiere necesariamente resolver la relación con México. Quiere usarla.

La usa para dramatizar la frontera, para vender mano dura, para culpar al vecino y para convertir problemas complejos en escenas simples de poder. Por eso México no puede comportarse como país asustado, pero tampoco como país ingenuo.

El error sería creer que la siguiente concesión será la última.

Con Trump, el apetito rara vez se sacia. Se entrena. Y si México no aprende a negociar desde una fuerza inteligente, cada plato servido en la mesa terminará abriendo más hambre del otro lado.

 

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