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18 de agosto de 2026
ESTILO DE VIDA

Algo sobre la bandalidad del mal

LO PROFUNDAMENTE INSUSTANCIAL 

Los rasgos sociopáticos de dos criminales.

 

Por Aldo Fulcanelli

Hace pocos días, los medios de comunicación hicieron eco de una alarmante noticia, misma que se extendió rápidamente por todo el país; un hombre de la tercera edad, encolerizado, asesinó de tres balazos a una joven, al interior de una carnicería de Sonora.

Lo anterior después de una acalorada discusión, que, por cierto, fue grabada por una trabajadora del negocio.

Otro video más, mostraba a policías judiciales acudiendo al domicilio del probable responsable para solicitarle que se entregara. Hilario “N”, negó cualquier hecho ante los oficiales, es más, inclusive aprovechó para “tirarle” al gobierno, alegando que lo único que él tenía, “son huevos para defenderse”.

El fenotipo de Hilario, podría ser el de cualquier ciudadano de Sonora, su apariencia es la de un anciano del norte, que viste “decentemente, de acento marcado y aspecto inofensivo. Lo cierto, es que la sangre fría que demostró al ejecutar el homicidio, añadiendo a su fechoría un comportamiento inexplicable, una actitud asintomática, digna de un desalmado, revelan los rasgos sociopáticos del personaje.

La filósofa Hannah Arendt, publicó el libro “Eichmann en Jerusalén.

En 1963, la filósofa Hannah Arendt, publicó el libro “Eichmann en Jerusalén, un informe sobre la banalidad del mal”. El texto es un poderoso análisis, acerca de la personalidad y las motivaciones del jerarca nazi Adolf Eichmann, quien había sido capturado en la Argentina por la policía de Israel.

Y cuyo juicio, la propia Arendt se dedicó a cubrir en su calidad de corresponsal. Fue Arendt, con su lúcida mirada, quien desmitificó la demonizada imagen de Eichmann ante el mundo, es decir, aquel nazi era evidentemente un peligroso criminal, sí, pero según la propia filósofa, estaba muy lejos de parecerse al cruel y sanguinario monstruo que pintaba la prensa sensacionalista.

El comportamiento de Eichmann, no era el de un asesino serial, más bien, era un frio burócrata de la élite nazi en Alemania, que contribuyó al exterminio de judíos, según afirmó, “obedeciendo órdenes superiores”. Al observar los videos disponibles sobre el juicio de Eichmann, que, por cierto, se transmitió a nivel internacional, uno puede darse cuenta, la razón que tenían Hannah Arendt.

El semblante, el comportamiento de Eichmann, desilusionó a los corresponsales extranjeros, que esperaban a un personaje con el histrionismo de Hitler, que tal vez hiciera el saludo nazi frente a las cámaras. Contrario a eso, Adolf Eichmann era más bien adusto, parco de palabras, dueño, eso sí, de un pragmatismo feroz. En las calles, ese jerarca, el miembro de un régimen totalitario que asesinó a 6,000,000 millones de judíos, habría pasado desapercibido, incluso, habría sido tomado como un hombre digno de respeto.

Pero el análisis, desacralizador de Arendt, permitió a la humanidad asomarse a las entrañas de un nuevo tipo de criminal: un perverso sin emociones, una clase de depredador amante del deber y la ley, que ante la pregunta de ¿Cómo se atrevió a autorizar la matanza de miles de personas inocentes? Solo atinó a responder, sin inmutarse: “únicamente obedecí”.

La comparación de Eichmann, el escurridizo oficial de Hitler, con el sonorense Hilario “N”, tal vez parecería excesiva; pero es filosóficamente válida. Uno, fue un burócrata que gestionó la muerte de miles, el otro, un tipo equis de 73 años de edad, que, de no ser por el atroz crimen que cometió, tal vez habría pasado por la vida como” un anciano decente”. La sombra de lo banal, y hasta superfluo se cierne sobre ambos; Hilario N, un hombre que se faja por arriba del ombligo, y, que, al ser interrogado por los policías, se da el lujo de pronunciar un minimalista alegato sobre la hombría.

Un anciano que refleja la sombra del sempiterno Cruz Treviño de La Garza, por ejemplo, el inflexible ejemplar de macho, color sepia, que interpretó magistralmente Fernando Soler, en la película “La oveja negra”. Un hombre que habla con denuedo, de las delicias de encarnar a un varón cumplidor y cabal, con una mano en la cintura; mientras la otra en el revolver.

Hilario “N”, el sociópata de Sonora.

Eichmann e Hilario N, en diferentes entornos sociales o culturales, son dignos representantes de la decadencia ética y moral de la civilización humana.

Su contexto muestra la sabiduría detrás de una frase muy sencilla, pero puntual y a todo tiempo certera: las apariencias engañan. ¿Cuántos Hilarios deambularan por las calles libremente, aguardando la mutación, de inofensivos y hasta frágiles ciudadanos, a implacables asesinos? ¿Cuántos Eichmann esperan detrás de los escritorios, con la ilusión de hacer lo que fuese necesario, con tal de llevar hasta el final su concepto de la honra y del deber? Aun amenazando todo aquello que, durante siglos, debería guiar los pasos de la humanidad: el respeto a la vida y la dignidad de las personas.

La banalidad, la hipocresía, la decadencia moral; son elementos innegables del siglo en que vivimos. Tan es así, que existen personas dispuestas a lanzarse de los puentes, o beber cantidades groseras de alcohol para ganar likes o bien algún reto viral. Luego, esas mismas tribus urbanas, demandan la atención del resto, alegando discriminación; todo lo que revolotea en la redes sociales y huele a influencers, retiene el tufo pestilente de la insolvencia intelectual.

Con la máxima-absurda- de que “la vida bien vale un millón de likes”, los influencers, borregos aleccionados por la ciber-matrix, monetizan la dignidad todos los días, demostrando que una parte de nuestra especie, al menos en esta región de la geografía, ha perdido sus rasgos humanos.

Sin empatía, sin solidaridad, sin una necesidad de fortalecer lazos comunitarios, sin el diálogo con los diferentes, la humanidad se aproxima aceleradamente a su aniquilación.

No podemos llamar humanos civilizados a quienes creen que imponer el color de sus síntomas a otros, es democracia o tolerancia. Tampoco podemos tolerar que existan leyes impuestas desde las tripas, de la cintura para abajo; solo para complacer a una turba cuyo concepto del diálogo es minimalista.

Atendiendo a esa misma concepción de la banalidad, de lo profundamente insustancial, es que podemos asegurar que el humano se encuentra en vías de extinción. Ha nacido un híbrido, que de humano conserva únicamente los rasgos antropomórficos; una entidad briosa e insolente, que ya puede llevar sombrero, uniforme o corbata, y reír como un engendro sin emociones tras la muerte del otro.

Esa entidad fue ayer Adolf Eichmann, el oficial de la Alemania Nazi, pero es ahora don Hilario, el de Sonora.  También encajan en el perfil los nuevos neandertales, que se multiplican como gremlins; y que ahora mismo deciden trasmitir su muerte en vivo, para el contento de una muchedumbre hambrienta de morbo.

 

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