NACIÓ EN 1824 PARA DAR IGUAL REPRESENTACIÓN A LOS ESTADOS
En la historia del Senado mexicano hay una paradoja persistente: La institución concebida para distribuir el poder también ha servido para concentrarlo.
Por Simón Macías Páez
Después de la caída del Imperio de Agustín de Iturbide, México debió resolver una tarea mayor que sustituir a un gobernante. Había que construir una organización política capaz de mantener unido un territorio extenso, con intereses regionales distintos y autoridades provinciales que reclamaban participación. El debate sobre una o dos cámaras formaba parte de esa negociación sobre la naturaleza del nuevo país.
La experiencia de las Cortes de Cádiz aportó referentes de representación nacional y división de poderes. Sin embargo, conviene evitar una confusión: la Constitución española de 1812 estableció Cortes unicamerales, por lo que no puede presentarse como el modelo directo de una Cámara Alta mexicana. La influencia estadounidense resultó especialmente importante para la combinación de federalismo y Congreso bicameral.

Nació para representar a los estados, desapareció por la desconfianza liberal y regresó para moderar al Congreso. Entre dictaduras, hegemonías y apertura electoral, la Cámara Alta ha recorrido dos siglos de una tensión decisiva: cómo convertir la representación federal en un contrapeso efectivo.
Fray Servando Teresa de Mier participó en el debate sobre la organización nacional. Miguel Ramos Arizpe fue decisivo en la formulación del pacto federal y del Acta Constitutiva. El Senado surgió de esa negociación colectiva entre las aspiraciones regionales y la necesidad de un gobierno común.
La Constitución del 4 de octubre de 1824 depositó el Poder Legislativo en un Congreso General dividido en Cámara de Diputados y Cámara de Senadores. Su artículo 25 dispuso dos senadores por estado, elegidos por mayoría absoluta de las legislaturas locales, con renovación por mitades cada dos años. No se trataba todavía de una elección ciudadana directa ni de una competencia organizada con las reglas actuales.
La representación igualitaria tenía una consecuencia esencial: un estado con menos habitantes podía participar en la Cámara Alta con el mismo número de senadores que otro más poblado. Mientras la representación de los diputados atendía a la población, el Senado daba expresión institucional a las entidades del pacto. Su primera sesión ordinaria se celebró el 3 de enero de 1825.
El centralismo cambia su significado
Las Siete Leyes de 1836 organizaron una república centralista y conservaron una cámara de 24 senadores. Su selección fue indirecta y estuvo acompañada de requisitos de edad e ingresos. Las Bases Orgánicas de 1843 modificaron nuevamente la integración. En esos diseños, la representación dejó de expresar del mismo modo el acuerdo entre estados y adquirió rasgos asociados a grupos privilegiados.
La Constitución de 1857 tomó una decisión radical: estableció un Congreso unicameral y suprimió el Senado. Sus críticos veían en la segunda cámara un obstáculo para la transformación liberal y un refugio de fuerzas conservadoras. La urgencia de reformar el país pesó más que el argumento de la representación territorial diferenciada.

Juárez propone y Lerdo restaura
Tras el triunfo republicano sobre la intervención francesa y el Segundo Imperio, Benito Juárez impulsó el regreso del Senado. En 1867, su gobierno planteó reformas para reorganizar la relación entre el Congreso y el Ejecutivo. La propuesta encontró resistencia tanto por su contenido como por el intento de consultar cambios constitucionales mediante un procedimiento cuestionado por sus adversarios.
Para Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada, la etapa de reformas urgentes había dado paso a otra necesidad: estabilizar el funcionamiento institucional. Una segunda cámara podía moderar al Legislativo y devolver a los estados una representación igual. Sus opositores advirtieron, en cambio, que dividir al Congreso facilitaría fortalecer al presidente frente a los diputados.
Juárez murió en 1872 sin ver concluido el proceso. Bajo la presidencia de Lerdo de Tejada, la reforma que restableció el Senado fue promulgada el 13 de noviembre de 1874. La instalación ocurrió en septiembre del año siguiente y la primera sesión ordinaria se realizó el 17 de septiembre de 1875, en Palacio Nacional.
La cámara restaurada incluyó dos senadores por estado y dos por el Distrito Federal. Recibió atribuciones relacionadas con tratados internacionales, nombramientos, movimientos de tropas y conflictos políticos de las entidades. El equilibrio buscado no consistía sólo en revisar leyes: también implicaba distribuir decisiones especialmente sensibles para la soberanía y la organización de la Federación.
Del orden porfirista al desafío de Belisario
La restauración no garantizó independencia. Durante el Porfiriato, el predominio del Ejecutivo y las redes políticas del régimen redujeron el margen de autonomía del Congreso. La existencia de dos cámaras podía dar forma legal a las decisiones sin asegurar que hubiera una competencia abierta ni una revisión capaz de detenerlas.
En ese contexto, el médico y senador chiapaneco Belisario Domínguez denunció al régimen. Sus textos de septiembre de 1913 cuestionaron la violencia, la censura y la legitimidad de Huerta. Hay que distinguir los documentos de su posterior representación heroica: el discurso preparado para el 23 de septiembre no fue leído en tribuna, según un informe diplomático contemporáneo, aunque quedó registrado y circuló.

Bajo la presidencia del presidente Sebastián Lerdo de Tejada, la reforma que restableció el Senado fue promulgada el 13 de noviembre de 1874.
La cámara llamada a revisar decisiones ha conocido periodos de obediencia, y el recinto identificado con la prudencia conserva la memoria de un legislador que desafió a una dictadura hasta perder la vida. Su trayectoria permite observar la distancia entre las atribuciones escritas y la capacidad real de ejercerlas
La difusión impresa permitió que la denuncia trascendiera el recinto. María Hernández Zarco participó en la impresión de uno de esos textos, un acto que también implicaba riesgo bajo la represión. La palabra parlamentaria dependió entonces de una red de personas dispuestas a hacerla llegar a otros lectores.
Belisario Domínguez fue asesinado el 7 de octubre de 1913. Su muerte convirtió la defensa de la libertad de expresión en una exigencia inseparable de la memoria del Senado. El episodio recuerda que reconocer la inviolabilidad de las opiniones legislativas carece de eficacia cuando el gobierno puede perseguir a quien las sostiene.
Una Constitución y un presidencialismo fuerte
La Constitución de 1917 reafirmó el Congreso bicameral y mantuvo dos senadores por estado y dos por el Distrito Federal, mediante elección directa. El nuevo orden reconoció al Senado como parte del sistema federal y le asignó responsabilidades propias. Sin embargo, las relaciones políticas posteriores condicionaron la manera en que esas facultades pudieron ejercerse.
Con la consolidación del partido gobernante, primero PNR, después PRM y finalmente PRI, la Cámara Alta se insertó en un sistema de predominio presidencial. La selección de candidaturas, la disciplina partidista y las trayectorias dentro del régimen favorecieron mayorías estables. Durante largos periodos, la revisión parlamentaria convivió con un respaldo previsible al Ejecutivo.
La política exterior fue uno de sus ámbitos distintivos. La aprobación de tratados y la intervención en nombramientos diplomáticos conectaron a la cámara con decisiones que comprometían al país más allá de un sexenio. Ese papel explica por qué su historia también debe estudiarse desde las relaciones internacionales, y no sólo desde las disputas partidistas internas.
En 1964 llegaron las primeras mujeres electas al Senado: María Lavalle Urbina, por Campeche, y Alicia Arellano Tapia, por Sonora. Su incorporación hizo visible otra limitación histórica de la representación. Durante mucho tiempo, la igualdad entre territorios coexistió con la exclusión de las mujeres de los espacios donde se tomaban decisiones nacionales.
La oposición abre una cámara cerrada
Las elecciones de 1988 marcaron una ruptura en el monopolio priista de los escaños. La oposición vinculada al Frente Democrático Nacional obtuvo cuatro lugares en una cámara de 64 integrantes. La presencia era pequeña en términos numéricos, pero decisiva como señal de que la competencia podía trasladarse a un recinto hasta entonces dominado por una sola fuerza.
La reforma de 1993 estableció cuatro senadores por entidad: tres de mayoría y uno de primera minoría. Con ello, la integración prevista pasó a 128. La primera minoría abrió un espacio para la fuerza ubicada en segundo lugar, evitando que todo el bloque territorial quedara reservado al ganador.
En 1996 se modificó nuevamente la fórmula sin aumentar el total. Quedaron dos escaños de mayoría relativa y uno de primera minoría por entidad, más 32 de representación proporcional mediante una lista nacional. El diseño combinó representación territorial con una vía de acceso relacionada con la votación de los partidos en el conjunto del país.

Los edificios también cuentan la historia
La trayectoria del Senado puede recorrerse a través de sus sedes. Sus primeros espacios parlamentarios estuvieron vinculados al antiguo Colegio de San Pedro y San Pablo. Tras la restauración, sesionó en Palacio Nacional, en la antigua capilla asociada a Carlota. Los cambios muestran cómo el México republicano adaptó inmuebles existentes para dar asiento a sus instituciones.
Entre 1931 y 2011, la Casona de Xicoténcatl fue su sede principal. El inmueble conserva la memoria de debates, ceremonias y transformaciones políticas. Su historia religiosa y hospitalaria, relacionada con el antiguo Hospital de San Andrés, antecede al uso legislativo y explica la riqueza de los relatos que lo rodean.
Belisario Domínguez fue asesinado el 7 de octubre de 1913. Su muerte convirtió la defensa de la libertad de expresión en una exigencia inseparable de la memoria del Senado. El episodio recuerda que reconocer la inviolabilidad de las opiniones legislativas carece de eficacia cuando el gobierno puede perseguir a quien las sostiene.
El traslado a Paseo de la Reforma en 2011 respondió a necesidades de espacio, organización y equipamiento. La sede moderna permitió concentrar actividades que el recinto histórico ya no podía albergar con la misma capacidad. También abrió una discusión sobre el gasto y las condiciones materiales del trabajo parlamentario.
Las cifras difundidas sobre la obra corresponden a momentos y conceptos diferentes. En mayo de 2015, Milenio reportó un anuncio senatorial de 3,311 millones de pesos para construcción y equipamiento. La cifra debe conservar esa atribución y ese alcance; no equivale necesariamente al total del fideicomiso ni permite comparar por sí sola terrenos, contratos y gastos de distintas etapas.
Una institución obligada a representar
La historia del Senado enseña que ninguna estructura se basta a sí misma. La elección indirecta de 1824, la supresión de 1857, la restauración liberal y la apertura electoral del siglo XX respondieron a problemas concretos. En cada etapa, México redefinió qué representación necesitaba y de qué poder debía protegerse. La autonomía demanda decisiones públicas y responsables.
SUCESOS DE ALTO SIGNIFICADO
1824: nacimiento constitucional del Senado federal.
1825: primera sesión ordinaria, el 3 de enero.
1857: supresión de la Cámara Alta.
1913: asesinato de Belisario Domínguez, el 7 de octubre.
1964: primeras mujeres electas al Senado.
1988: cuatro escaños para la oposición.
1993: integración prevista de 128 senadores y primera minoría.
1996: incorporación de 32 escaños de representación proporcional nacional.
2011: traslado de Xicoténcatl a Paseo de la Reforma.

