EL ÍDOLO DEL PUEBLO
“Es el turno de Rigo Tovar, que interpreta: “Cómo será la mujer”.
Por: Aldo Fulcanelli
La imaginación me transporta a una ciudad fronteriza de México, el escenario: un camión urbano que abordo sin la intención de llegar a ningún destino en particular, únicamente, saciar la sed de paisajes urbanos a que me impulsa la media tarde revestida de un calor apabullante.
Todo se convierte en ritual desde el primer momento; el aromatizante barato, que se confunde con todos los olores corporales de los pasajeros, las imágenes de la virgen de Guadalupe, que el chofer ha dispuesto frente a él. También, el recordatorio sempiterno consignado en una estampilla, de que en el hogar su familia lo espera, frase que bien podría haber pronunciado algún personaje de aquellas películas de Pedro Infante, donde la pobreza y la resignación eran una suerte de bienes inmateriales, que se cargaban sobre los hombros con insoportable dignidad.
El mismo Rigo Tovar encarna la cultura fronteriza, cuando me confiesa con la voz entrecortada, que ha desempeñado los más diversos oficios, y que no se avergüenza de su origen, viste a la moda, ha logrado manejar un auto deportivo último modelo, ha estado con muy bellas mujeres, sus manos hoy portan caros anillos de oro; y esclavas que hasta los juniors envidiarían.
La cubierta del volante, lleva la bandera tricolor, junto, aparece la infaltable caja de monedas, sin que fallen los boletos que el chofer entrega; y que uno debe llevar a la mano, por si el inspector se digna subir. El camión urbano se convierte en un cronista parlante, que recorre la ciudad desde los suburbios, hasta los cinturones de miseria, su movimiento denuncia la irregular planeación de la metrópoli industrial, y sus brincoteos; el resquebrajamiento de los barrios donde el asalto nocturno es permanente, pero los borrachos, ayudan con las bolsas del mandado a las doñas; son los felices 70’s.
Dentro del camión, ya no son las canciones salpicadas de melcocha de Enrique Guzmán, las que se escuchan, tampoco es la voz de terciopelo de Javier Solís, elevando la música ranchera a grado místico, desde aquella tesitura de barítono que, para colmo, acariciaba la media voz. El dominio populachero extiende sus tentáculos mientras el diésel, inyecta nuevos bríos al vehículo, y entonces, nadie se da por enterado que un camión es un pequeño coloso, producto de los andares técnicos de la humanidad. Para todos, el camión es nada más que una canoa arrastrada por neumáticos, recubierta de nostalgia, miasmas, y leyendas urbanas que se cuentan en los asientos traseros, historias platicadas a voz baja sobre atropellados, esos que se dice, los choferes rematan echándose en reversa para no pagar los hospitales.
Al interior, se reproduce la música exaltada por la nueva pléyade melódica: Los terrícolas, Los Ángeles Negros, no puede faltar Cornelio Reyna, su voz aguardentosa que además de escucharse en las afanosas borracheras de los barrios, también se toca en los puestos donde la revista Alarma anuncia un nuevo muerto a machetazos, dentro de una trifulca familiar.
Pero el chofer ha subido el volumen, es el turno de Rigo Tovar, que interpreta: “Cómo será la mujer”, los aires de cumbia heredados por Mike Laure, otro cantor, pero que Rigo superó aportando un sonido más abundante que toleró el embate del rock y el punk, desde las regiones que ardieron en sonoridad, ilustrando la lucha por la vida en los mercados de abastos, o los talleres mecánicos en la ciudad que no perdona.
Esa misma urbe fronteriza, dio a luz a uno de muchos hermanos cuya celebridad, emanada de los enormes éxitos de ventas, transformó en un extravagante producto de la cultura del esfuerzo. En ese mismo camión, que pronto me llevará a recorrer las esquinas donde se asoman los barrios que ofrecen la fayuca como una panacea, y los centros botaneros abren sus puertas entre tapicerías o primarias urbanas; donde los gritos de los niños acallan el sonoro canto de los pájaros amanecidos, aparece frente a mí Rigo Tovar, portando un traje plateado, un arete que pende del lóbulo, y los infaltables lentes negros, que denuncian todavía más, la tragedia de una ceguera progresiva.

La gente que lo reconoce le ha pedido un autógrafo, él, lo cede sin cortapisas, mientras yo espero bajarme en la próxima parada. Admito que mis gustos jazzísticos, cedieron ante la voluntariosa decisión del chofer de agotar los 15 éxitos de Rigo, nada más barroco, que aquella personalidad de abundante cabellera, e indumentaria psicodélica que en aquel momento era la síntesis del hombre forjado desde abajo que le cantó al jolgorio.
También, al romance que se reproduce desde las bocinas en las vecindades, donde no alcanza para celebrar los quince años dignamente, mientras los paramédicos llevan el cuerpo del vecino que se murió de viejo, y “Mi amiga, mi esposa, mi amante”, otra canción de Rigo, bien serviría para ilustrar la venganza de las clases populares contra la burguesía.
Él mismo encarna la cultura fronteriza, cuando me confiesa con la voz entrecortada, que ha desempeñado los más diversos oficios, y que no se avergüenza de su origen, viste a la moda, ha logrado manejar un auto deportivo último modelo, ha estado con muy bellas mujeres, sus manos hoy portan caros anillos de oro; y esclavas que hasta los juniors envidiarían.
Mientras el rostro de Rigo, adquiere el semblante de un boxeador que ha logrado conectar el nocaut, luego de un folclórico juego de piernas, y la guardia siempre arriba como la dignidad, pienso que la industria del disco consiguió dar el contento que el capitalismo arrebató a las clases bajas, nombrando a Rigo el santo patrono de las fiestas populares. Nada en él resulta serio, canta con mariachi suaves baladas de amores perdidos, que cuando el camión urbano desciende entre las cañadas, se transforman en repentinas dedicaciones tropicales, cuyos ardores surrealistas, pondrían a pensar hasta a el mismísimo André Bretón.

Pero tampoco el imaginario popular es serio, refleja el estado de nuestras almas mestizas a todo tiempo en construcción, como andar en un mercado donde se comen insectos al calor de un buen mezcal, y todo un piso ha sido dedicado a la rotunda eficacia de la brujería.
Rigo me ha pedido que le acompañe a su próximo concierto, trescientas mil almas le aguardan desde un estadio que se derrumba ante su excéntrica presencia de divo tamaulipeco. Yo corro detrás de él, sin dar crédito a los cientos de brazos que intentan tocarlo, él me dice: “no se agüite señor, así es la gente del pueblo”. Su sonrisa, recoge los rasgos de quien ha vivido en carne propia la triste mansedumbre de la miseria.
Mientras abajo la gente se agolpa, él canta sus grandes éxitos, repetir el evangelio de una raza que ha preferido tropicalizar la derrota, que asumir ante los rayos del sol todas sus contradicciones, ahí esta Rigo, Rigo en las estatuas, en los afiches de las taquerías, Rigo desde televisa, cuando esta llegó a ser al faro sentimental de una región contradictoria del aire latinoamericano.
Todos lo aclaman desde abajo: Rigo eres nuestro, tú si pudiste, tú llegaste, tú representas el nuevo status de una clase que habiendo llevado entre las suelas la eternidad del sometimiento, no habría jamás contado el éxito de no ser por la dorada farándula; en una nación que abre los ojos ante las lentejuelas, y enciende lucecitas navideñas a la guadalupana. Gracias a ti ¡oh Rigo Tovar! que desde tus canciones asumiste la culpa de todos en la nación de Malverde, el chupacabras y las máscaras de Carlos Salinas que, en realidad, representan la incapacidad de una país por reconciliarse con su pasado; gracias por el tropicalísimo advenimiento, el sirenito, y todo su relajo manifiesto.
