OBRAS CON MAGIA Y ENIGMA
Cada una de sus piezas revela sus deseos, con sus ensoñaciones.
Por Aldo Fulcanelli
Si algo le debe el mundo a Sergio Bustamante, es su habilidad para reproducir su propio arte con la misma creatividad, llenando las miradas de quienes le admiran.
Desde temprana hora, acude a su ya legendario taller de Tlaquepaque a supervisar el trabajo de sus artesanos. Su voz grave e imponente, contrasta con el color de sus obras, rebota en las paredes, y éstas, la devuelven convertida en una instrucción severa pero fraternal.
Su vestimenta es sobria. Desnudo de cualquier ostentación, la mayor elegancia son sus manos, que bien podrían colgar de las paredes del taller, confundiéndose con alguna pieza artística. La vida de Sergio es crear, fanático de la perfección, cuida hasta el más mínimo detalle, como si la vida le fuera en ello.
Utilizando el papel maché, las resinas, el bronce o el latón, Bustamante es creador de obras únicas, que destacan por su enigmático sentido del humor, y la magia incesante que las envuelve.
Soles con rostro de niños, que dibujan en su cara una virtuosa sonrisa. Peces de exóticos colores, que parecen navegar en el espacio, o fantasmas que alzan sus manos anhelantes al cielo, eso y más es la obra de Sergio Bustamante.
Al contemplar la pléyade de personajes que ha creado, recuerdo también a Leonora Carrington o Remedios Varo, los seres alargados y fantasmales; parecidos a los de Sergio, que brotan de la nada y tocan los sentidos.
Pero Bustamante fue aún más lejos, extrajo del rígido lienzo aquellos entes surrealistas, dándoles volumen y certeza. Cada una de sus piezas revela sus deseos, sus ensoñaciones, la incesante capacidad para no dejar de sorprender a la mirada con cada obra nuevamente.

Si otros artistas se rasgan las vestiduras señalando que cada pieza es única, y que reproducirla más de una vez, es aburrido o “no se vale”, Sergio dice lo contrario; cada obra parte de un patrón original diseñado por él, reproducido varias veces según el material o el estilo. La gran originalidad de este artista, consiste también en la idea de que una escultura no sea una pieza aburrida o grandilocuente, sino que pueda ser objeto de ornato en la casa de cualquier persona, dotando al arte de una perspectiva, que no por democrática, deja de ser igual de vasta y original a cada paso.
Aunque las motivaciones de Bustamante son sus propios sueños, recuerdos o fantasías, es innegable que el hilo conductor de su imaginario, es la generosidad misma. Trata a los demás con sencillez, y resulta conmovedor que vea a sus trabajadores como una familia, a la cual protege y defiende con gran celo.
Tal vez por eso, el éxito de su trabajo en México y el extranjero, porque cada obra está hecha con amor y dedicación, bajo la tutela de un ser muy distante de la superficialidad. Sergio Bustamante es un creador absoluto, cada una de sus piezas es una edición limitada, creada y perfeccionada manualmente, que suele reconocerse como entrañable por muchos coleccionistas alrededor del mundo.

Si los diseñadores de modas se encargan de vestir al cuerpo con texturas únicas y originales, Sergio Bustamante, viste al aire mismo de color y creatividad sin límites, basta mirar una de sus máscaras, o alguna de aquellas esculturas híbridas, con cuerpo de león y cara de persona para alegrarse el día.
Sin que la sencillez le haya abandonado a pesar del éxito, no evita señalar lacónicamente, que alguna vez sus piezas fueron mejor apreciadas en el extranjero que en su propio país, más luego cambia de tema agregando: “hoy es diferente, ya mucha gente de aquí colecciona mi obra”, lo cual es absolutamente cierto.
El éxito comercial de su trabajo, le ha permitido la apertura de muchas galerías alrededor del país, así como en Estados Unidos, Tokio, Rusia y otras partes, tanto como la presencia en museos, calles y colecciones privadas de igual modo.
Pero una mañana en el taller de Sergio Bustamante, es una experiencia aparte.

Es como abrir los ojos en una selva poblada por una fauna surrealista. Las máscaras cobran vida, los soles con cara de niño, mueven sus patitas, y extienden los brazos suplicantes. En los rincones, brillan los atuendos, los muebles con ojos, la joyería de matices escultóricos; Sergio aparece en un rincón, como un alquimista moderno, toca lo inanimado y le da vida en el color.
Negado a la banalidad, a Sergio no le molesta que le llamen artesano, por el contrario, conserva del oficio la habilidad de entregarse en cada pieza, reservando para sí la receta secreta de su tradición creativa.
Sus galerías son a la suerte, jugueterías, sitios de descanso para el alma, lugares secretos donde la fantasía y la realidad se entrelazan, sin que pueda distinguirse una de la otra.
