EL ARTE COMO ÚLTIMO REFUGIO DE LA PRESENCIA
La realidad ya no ocurre en el mundo, sino en la pantalla: por qué el arte sigue siendo urgente.
Por Alejandro Rodríguez
Hay épocas que inventan herramientas; la nuestra parece empeñada en inventar sustitutos. No hemos dejado de mirar el mundo: hemos dejado de habitarlo. Viajamos para fotografiar, conversamos para registrar, amamos para compartir. La experiencia ya no desemboca en la memoria sino en la pantalla.
La paradoja es evidente: nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, rara vez nos hemos sentido tan lejos de nosotros mismos. La sociedad del espectáculo: una realidad reemplazada por sus representaciones, vivimos entre simulacros, copias que han terminado por sustituir aquello que alguna vez representaron. La imagen ya no refleja al mundo; ocupa su lugar.
Octavio Paz intuyó algo semejante. Para él, la técnica no era únicamente un conjunto de instrumentos, sino una forma de relación con la realidad. Advertía que la desaparición de las antiguas imágenes simbólicas del mundo abría paso al dominio de la técnica y de la funcionalidad. El resultado es un hombre rodeado de información, pero cada vez más distante de la presencia.
Esta pérdida de presencia es uno de los grandes temas del arte contemporáneo. La artista Hito Steyerl explora cómo los individuos se disuelven en océanos de imágenes y datos.
Trevor Paglen. From ‘Apple’ to ‘Anomaly’ en el Barbican Centre
Por su parte, Rafael Lozano-Hemmer utiliza la tecnología para devolver protagonismo al cuerpo, al latido y a la respiración, recordándonos que la experiencia humana sigue teniendo una dimensión irreductible.
Rafael Lozano Hemmer
Capitel II
Innovación a otras miradas
2020
Byung-Chul Han ha descrito nuestro tiempo como una época marcada por la desaparición del Otro. Encerrados en algoritmos que nos muestran versiones de nosotros mismos, corremos el riesgo de perder aquello que nos transforma: el encuentro con la diferencia, con la incertidumbre, con la alteridad.
Quizá por eso el arte sigue siendo necesario. No porque produzca respuestas, sino porque interrumpe el flujo incesante de imágenes y nos obliga a detenernos. Frente a la velocidad digital, la obra de arte todavía puede ofrecernos algo extraordinario: un instante de presencia.
Y acaso esa sea la tarea más urgente del arte contemporáneo: recordarnos que la realidad no ocurre en las pantallas, sino en ese territorio frágil y efímero donde coinciden la mirada, el cuerpo y el tiempo.
