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1 de abril de 2026
ESTILO DE VIDA

José María Morelos en la apertura del Congreso de Chilpancingo

LOS DISCURSOS QUE NOS DIERON PATRIA

13 de septiembre de 1813.

(Primera parte)

 

Por Jorge Alberto Bañuelos Romero

Ante los problemas internos de la Suprema Junta Nacional Americana y de los cinco vocales que la integraban, la dirigencia insurgente optó por un cambio en la manera de gobernar los territorios conquistados. A propuesta de Carlos María de Bustamante, se convocó a elecciones para un Congreso que, de manera similar al de Cádiz, fuera el depositario de la soberanía nacional y emitiera una Constitución que permitiera el buen gobierno y darle las garantías a los mexicanos .

Este Congreso habría de componerse de representantes de todas las provincias conquistadas por los insurgentes, todos ellos tenían que ir a la Ciudad de Chilpancingo para ahí celebrar sus sesiones. El 13 de septiembre de 1813, Morelos pronunció el discurso de apertura de sesiones, que en la revista Legisladores de México resumimos.

Señor:

Nuestros enemigos se han empeñado en manifestarnos hasta el grado de evidencia, ciertas verdades importantes que nosotros no ignorábamos, pero que procuró ocultarnos cuidadosamente el despotismo del gobierno bajo cuyo yugo hemos vivido oprimidos.

Tales son, que la soberanía reside esencialmente en los pueblos; que transmitida a los monarcas por ausencia, muerte,  cautividad de éstos, refluye hacía aquéllos; que son libres para reformar sus instituciones políticas, siempre que les convenga; que ningún pueblo tiene derecho para sojuzgar a otro, si no precede una agresión injusta.

¿Y podrá la Europa, principalmente la España echar en cara a la América como una rebeldía este sacudimiento generoso que ha hecho para lanzar de su seno a los que al mismo tiempo que decantan y proclaman la injusticia de estos principios liberales, intentan sojuzgarla tornándola a una esclavitud más ominosa que la pasada de tres siglos?

¿Podrán nuestros enemigos ponerse en contradicción consigo mismos y calificar de injustos los mismos principios con que canonizan de santa, justa  y necesaria su actual revolución  contra el emperador de los franceses?

¡Ay de mí! Por desgracia obran de este modo escandaloso y a una serie de atropellamientos, injusticias y atrocidades, añaden esta inconsecuencia para poner el colmo, a su inmoralidad y audacia.

Gracias a Dios  que el torrente de indignación que ha corrido por el corazón de los americanos los ha arrebatado impetuosamente y todos han volado a defender sus derecho, librándose en la manos de una providencia bienhechora que da y quita, exige y destruye los imperios según sus designios.

Este pueblo oprimido, semejante con mucho al de Israel, trabajando por Saraón cansado de sufrir, elevó sus manos al cielo, hizo oír sus clamores ante el solio del Eterno y, compadeció éste de sus desgracias, abrió su boca y decretó ante la corte de los serafines, que el Anáhuac fuese libre.

Aquel espíritu que animó la enorme masa que vagaba en el antiguo caos  que le dio vida con un soplo e hizo nacer este mundo maravilloso, semejante ahora a un golpe de electricidad, sacudió espantosamente nuestros corazones, quitó el vendaje a  nuestros ojos, y tornó la apatía vergonzosa en que yacíamos, en un furor belicoso y terrible.

En el pueblo de Dolores se hizo oír esta voz semejante a la del trueno, y propagándose con la rapidez del crepúsculo de la aurora y del estallido del cañón, he aquí transformada en un momento la presente, generación, briosa y comparable con una leona que atruena la selva buscando a sus cachorrillos; se lanza contra sus enemigos, los despedaza, los confunde y persigue.

De este modo, la América irritada y armada después con los fragmentos de sus cadenas opresoras, forma escuadrones, multiplican ejércitos, instala tribunales y lleva por todo el Anáhuac la desolación y la muerte.

Señor.

Tal es la idea que me presta V.M. cuando la contemplo en actitud honrosa de destruir a sus enemigos y de arrojarlos hasta los mares de la Bética.

Pero ¡ha! , la libertad, este don precioso del cielo, este patrimonio cuya adquisición y conversación no se consigue sino a merced de la sangre y de los más costosos sacrificios, cuyo precio está en razón del trabajo que cuesta su recobro, ha vestido a nuestros padres, hijos, hermanos y amigos, de duelo y amargura.

Porque, ¿quién es de nosotros el que no haya sacrificado alguna de las prendas más caras de su corazón? ¿Quién no registra entre el polvo y ceniza de nuestros campos de batalla la de algún amigo, padre, deudo o amigo? ¿Quién en la soledad de la noche no ve su cara imagen y oye los heridos gritos con clama por la venganza de sus asesinos?

¡Manes de Las Cruces, de Aculco, Guanajuato  y Calderón, Zitácuaro y Cuautla, unidos con los de Hidalgo y Allende! Vosotros sois testigos de nuestro llanto. Vosotros, digo, que sin duda presidís esta augusta asamblea, meciéndoos en derredor de ella, recibid el más solemne voto que a presencia hacemos en este día, de morir  o salvar la Patria. ¡Morir o salvar la Patria!.

 

 

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