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6 de julio de 2024
OPINIÓN

Sonora violento

LA SOCIEDAD MISMA HA PERMITIDO ENTRAR A SUS HOGARES LA VIOLENCIA

Por Francisco Javier Ruiz Quirrín

Apenas veinte años atrás, todo delito de alto impacto en Sonora era atribuible a gente originaria de otro Estado. Es decir, difícil que un paisano nuestro cometiera un crimen que causara enorme conmoción.

El sonorense, por su naturaleza, ha sido generoso, siempre. Las mujeres y los hombres de todas las regiones de la entidad, eran capaces de desprenderse de algo propio, incluso de su comida, para ofrecerla a alguien más.

Además, esa generosidad iba acompañada de bondad y de buena fe. Estábamos seguros de que los extraños eran merecedores de nuestra confianza.

Así se hizo Sonora y así creció a partir del siglo XX. Esa gente de los pueblos del Río Sonora, de la alta y baja sierra, empezó a emigrar a Hermosillo, a Ciudad Obregón, a las grandes ciudades.

Sobre todo a partir de la década de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, empezaron a formarse e incrementarse las familias con origen de los pueblos.

Ahora, los nietos nacidos en las grandes ciudades, recuerdan a veces y hablan de sus bisabuelos y abuelos y sus raíces en Sahuaripa, Moctezuma, Huásabas, Granados, Ures, Arizpe, Yécora, Álamos y tantos otros pueblos de la región.

Pero la expansión a miles de habitantes y la llegada de gente de otras entidades a San Luis Río Colorado, Nogales, Ciudad Obregón, Navojoa, Guaymas y Hermosillo, influyó en el cambio paulatino de nuestro pensamiento y valores.

Además del desenvolvimiento vertiginoso de las tecnologías que nos ha acercado al mundo pero alejado de quienes cotidianamente nos rodean, también empezó a invadirnos un aire de ambiciones materiales y de propósitos hedonistas que nos ha cambiado el pensamiento y nuestras actuaciones ante los demás.

Hay quienes reconocen que los hijos que respetaban a sus padres y que mantuvieron al frente grandes valores como el amor a las personas adultas, a su patria, a sus hermanos y a sus amigos, hoy convertidos en padres de familia, están desapareciendo.

Al mismo tiempo, la espiritualidad y el temor a Dios está quedando sólo en los libros y en la historia de nuestros ancestros.

Toda esta evolución ha comenzado a revolucionar las mentes de las nuevas generaciones, que empiezan a vivir en un mundo donde el gobierno no respeta la Ley y los seres más admirables son aquellos con la suficiente capacidad para destrozar a sus adversarios y ganar dinero, mucho dinero, de la manera más astuta posible, así sea deshonestamente.

Este devenir cultural en esta tercera década del siglo XXI, está generando una imparable ola violenta a lo largo y ancho del país y Sonora no es la excepción.

Hace un par de meses, un joven atropelló a una mujer adulta y a dos menores en una colonia del sur de Hermosillo y no sólo huyó del lugar, sino que sus padres le ayudaron para escapar a los Estados Unidos y tratar de huir de la justicia.

Hace unos cuantos días, un hombre joven utilizó un arma que portaba en su automóvil para agredir a un guardia de seguridad en el fraccionamiento Los Lagos, (también de la capital del Estado y reconocido por su alto nivel económico) y el responsable alcanzó a huir. En el cateo realizado por la policía en su casa y en la de sus padres, fueron localizadas ocho armas de alto poder.

Dos días después, un par de jóvenes que desobedecieron una orden policiaca para detenerse al circular por la carretera federal, en territorio Yaqui, se atrevieron a echar encima y atropellar con su automóvil a un elemento de la Guardia Nacional.

Estos “botones de muestra” de la cultura de la violencia establecida ya en nuestro Estado, han surgido de gente que nació y creció entre nosotros.

Y a lo anterior añadiríamos el terror en que viven los habitantes de Ciudad Obregón, Guaymas, Empalme, Caborca y San Luis Río Colorado, con la presencias de bandas delincuenciales, muchos de ellos venidos de fuera, con la consecuencia mortal de homicidios que alcanzan los dos dígitos en los años recientes.

Todo este escenario debe invitarnos a hacer una reflexión y poner sobre la mesa un argumento muy contundente: Somos responsables todos.

¿Quiénes son todos?

La sociedad misma que ha permitido entrar a sus hogares la violencia a través de las redes sociales y las plataformas en “SmartTV”, el gobierno y su falta de cumplimiento a lo que está mayormente obligado, es decir, garantizar la paz y la seguridad; la impunidad que impulsa la pérdida de la capacidad de asombro y la ligereza para que el delincuente actúe con la seguridad de que no será castigado; las iglesias, que son felices rodeados de sus comunidades, pero cuyo mensaje espiritual sólo está reservado para sus integrantes, dejando a un lado a la mayoría que se aleja cada día más de Dios.

El tema es esencialmente sobre inseguridad y pérdida de valores que han abierto la puerta a la descomposición social que hoy padecemos.

Algo hemos hecho mal.

Quizá sea un buen momento para una honesta autocrítica.

 

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